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Entrevista a Fernando Krahn
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Entrevista: MARÍA JOSÉ PEÓN-VEIGA CERVANTES

Fernando Krahn es un destacado ilustrador chileno que vive hace 34 años en Barcelona. A sus 72 años ha ilustrado más de cincuenta libros entre Norteamérica y España, lleva más de veinte haciendo sus dramagramas en la última página del magazine dominical de La Vanguardia y tuvo la suerte de compartir su trabajo con su mujer María de la Luz Uribe plasmando sus dibujos en los libros que ella escribía. De sus inicios, su historia de amor y trabajo, sus dibujos y su vida en Cataluña conversó como uno más de los chilenos en Barcelona.


Estudiaste derecho, luego arte y pasaste de ser escenógrafo teatral a ilustrador, ¿me puedes explicar cómo fue ese proceso?

Bueno, lo del dibujo es algo que ya traía desde muy pequeño y era mi gran interés y si después se dieron las circunstancias para que me dedicara exclusivamente a eso, fue realmente una fortuna grande que me cayó del cielo porque si hubiera seguido el destino supuestamente preparado por la familia -de abogado- yo creo que ya no existiría, me habría muerto hace mucho tiempo porque hubiera sido absolutamente desgraciado. Mi padre era abogado y además un magnífico dibujante. Él era una persona muy preparada, muy especial y muy celebradora de todo lo que yo pudiera hacer como dibujante, pero él siempre consideró que eso era un trabajo de amateur, que nadie podía vivir de eso, incluso hoy en Chile todavía es difícil pensar en ser dibujante para vivir de ello. La primera circunstancia terrible –queriendo yo mucho a mi padre- se produjo cuando él murió el año 53, ya que eso me cambió el horizonte.
Mi hermano mayor -que murió el año 55 y que iba a ser abogado también-, me dijo antes de morir que dejara la escuela de derecho y que me dedicara a dibujar. Cuando mi padre murió, con mi hermano le dijimos a mi madre- que era cantante de ópera- que se fuera a Nueva York, ya que era joven y podía hacer carrera todavía, pero al morir mi hermano Pablo me quedé solo, por lo que le dije a mi madre que se volviera a Chile. En ese tiempo yo entré a estudiar escenografía teatral en la Universidad de Chile y paralelamente estaba en una academia de dibujo y mi madre me apoyaba cien por ciento en eso y me daba todo el coraje necesario. Comencé a dedicarme también a la fotografía y una vez estando en el Museo de Arte Moderno de Río, donde había una exposición de artistas chilenos y yo había sacado las fotos, se me acercó una amiga y me propuso que le mostrara mis dibujos al director de una revista brasilera que era una especie de Esquire de Nueva York. Y el director se interesó inmediatamente en mis dibujos, pero me pagaba muy poco y aunque yo nunca he sido una persona muy ambiciosa sentía que mis dibujos valían más, entonces él me dijo “pues váyase al Esquire de Nueva York” “Y por qué no”, le dije yo. En ese momento yo tenía un dinero ahorrado para hacer un viaje por el interior de Brasil, pero le propuse a mi madre que nos fuéramos a Nueva York y ella decidió acompañarme. La verdad es que a ella le debo todo porque vendió todas nuestras pertenencias para irnos.

¿Y cómo fue esa experiencia?
Prácticamente bajando del avión fui directo al Esquire con un susto terrible. Ahí me encontré con la secretaria del director artístico y le pasé todas mis carpetas con dibujos. A los pocos días me llamó al hotel y me dijo que estaban interesados en mis dibujos. Así fue como terminé vendiéndolos tampoco a muy buen dinero, pero yo sabía que si me publicaba el Esquire era una credencial brutal. Y así llegó mi primera publicación importante que fue a tres páginas. Llegué a publicar en todas las revistas interesantes como The New Yorker, Atlantic Monthly, entre otras y la verdad es que me fue muy bien.

¿Tuviste algún referente para la ilustración?
Cuando yo era chico estaba una vez en la cola comprando el pan y en una situación muy especial se me acercó un marinero yugoslavo y me dice “le interesa este libro?” y yo la verdad es que no entendía por qué se acercó exclusivamente a mí. Y bueno, el libro se llamaba “All in lines”, de Saul Steinberg que para mí es LA gran figura del dibujo y corresponde a Picasso en el terreno de este humor que a mí me interesa. Le dije a este hombre que me siguiera y llegamos a mi casa y le dije a mi mamá que el libro me interesaba y ella me lo compró. Ese libro me marcó bastante, sobre todo en descubrir que el dibujo humorístico no obligatoriamente tiene que ser en chiste, y me refiero al chiste en la cosa divertida-grotesca tan normal. Steinberg me abrió los ojos respecto a que también en el humor puede haber un dibujo de tipo creativo artístico de gran calidad sin obligatoriamente poner palabras. Él fue un dibujante que supo calar en la mente del americano sarcástico. No es que yo quisiera ser cómo él, pero te lo cuento porque fue una situación que me marcó.

De trabajo y amor

¿Tú tienes una historia de amor muy romántica con la que fue tu mujer, me la podrías contar?
Bueno, mi mujer –María de la Luz Uribe- era hermana de Armando Uribe, un muy amigo mío que heredé de mi hermano Pablo. Siendo amigos durante tanto tiempo nunca la vi, hasta que un día estando de vacaciones en Chile en una exposición de fotos en el Centro Cultural de Providencia, llegó mi amigo el arquitecto Cristián de Groote con su señora y con María de la Luz. Ahí hablamos por primera vez y al día siguiente fuimos a almorzar a la casa de Cristián y empezamos a conversar de un tema en el que enchufamos perfectamente, porque ella era maestra Montessori y había escrito teatro para niños y no nos importó el resto de la mesa. En esos días yo estaba por volverme a Nueva York y con ella llevábamos cuatro días viéndonos felizmente. Comenzamos a hablar de que yo ya me iba y de que tendríamos que vivir escribiéndonos cartas. Justo a ella le habían ofrecido un cargo como directora de una academia de teatro en el Centro Cultural de Las Condes y ella estaba feliz con eso. Pero estábamos muy tristes porque nos íbamos a separar, así que yo le dije “Bueno, ¿y si nos casamos?” y nos dio un ataque de risa. Luego de esto la acompañé al lugar donde ella tenía que firmar el contrato para su nuevo trabajo. Ella entró y cuando salió me dijo “No lo podían creer, nadie entendió nada cuando les dije que no podía firmar porque me iba a casar” (Risas). La verdad es que fue un amor en cuatro viñetas, fue todo muy rápido, pero fuimos muy felices y tuvimos tres hijos: una mujer y dos hombres. Ella murió hace ya varios años.

¿Cómo fue la experiencia de trabajar con ella?
La verdad es que se complementa muy bien la relación de trabajo cuando son dos facetas diferentes las que congenian, como lo son, en este caso, la literatura y el dibujo. Y fue una forma de trabajar muy bonita porque nos comunicábamos mucho y discutíamos el trabajo en conjunto. Hay algunos libros que yo había ilustrado primero y que ella después les puso texto. Ahí ves una forma de trabajo diferente también.

Un chileno en Barcelona

¿Cómo fue que llegaron a Barcelona?
En el año 68 estábamos en Chile y nos fuimos quedando porque yo tuve la posibilidad de estar ahí trabajando con mis libros infantiles para Estados Unidos, lo que era muy bueno a nivel económico. Además, ya teníamos dos hijos y estar en Chile era más fácil. También tuvimos la suerte de poder ir aplazando nuestros pasajes de vuelta, cosa que finalmente se venció porque estuvimos cinco años haciendo lo mismo. Así que en todo ese tiempo juntamos la plata para comprar pasajes a Barcelona, viaje que tuvimos que hacer de forma obligada, ya que si no nos íbamos habríamos perdido los pasajes porque no se podían aplazar más. Así fue como en 1973 partimos de Chile en el último vuelo que salió, ya que luego de esto se paralizó el país.

¿Y cómo te sentiste en ese entonces y en todos estos años que has vivido en Cataluña, teniendo en cuenta que siempre se ha dicho que los catalanes son muy cerrados?
La verdad es que yo nunca me he sentido extraño aquí. He ido conocido paulatinamente todo el entorno catalán y nunca me han hecho sentir extranjero. El catalán tiene una apertura hacia el que viene de afuera enorme, ya que éste ha sido un país de emigración desde siempre. El carácter catalán es muy ajeno al nuestro, en cuanto a que el chileno es pura efusividad, ya que todo es “el descueve” o espectacular; esa parte catalana es más fría comparada con la nuestra, pero al final tú terminas agradeciéndolo porque cuando un catalán te dice que algo está bien es porque realmente está bien, entonces te das cuenta que son de una sinceridad muy valiosa.

¿Hablas catalán?
Sí y llegué a hablarlo porque me relacioné con una catalana. Ya llevo muchos años compartiendo con ella y por respeto a su familia creí que era absolutamente necesario. Creo que esa parte me ha ayudado mucho a insertarme aquí porque hablarle a un catalán en su idioma es crear un grado de simpatía. La verdad es que yo estoy muy feliz aquí y en este pueblo tan acogedor. Además, tengo a dos de mis hijos aquí y a la otra en Austria, por lo que estamos todos cerca.

¿Y has pensado volver a Chile?
Vuelvo siempre, de hecho me voy ahora a principios de septiembre porque me encanta. Fui durante mucho tiempo dos veces al año a ver a mi madre, pero ella murió hace dos años. Ahora voy a ver a mis amigos. Me costaría mucho instalarme allá porque tengo una mujer catalana que tiene a su familia aquí y sería imposible arrancarla de su vida. La chilenidad uno nunca la pierde. De hecho ahora acepté hacer una exposición en la Embajada de Chile en Madrid como forma de sentirme conectado con Chile. Y esa es una de las cosas que yo lamento, fíjate. Qué pena que en Chile no sepan de lo que yo hago. No hay información, no hay ningún lugar que me publique. Ahora el Ministerio de Educación va a regalar un maletín con libros y ahí va a ir un libro que hicimos con María de la Luz. Al menos ahí hay algo.

Da la sensación que, lamentablemente, cuando las personas se mueren en Chile las valoramos más. Algo parecido a lo que pasó con Bolaños, ¿qué piensas de esto?
Sabes que es una cosa muy ambigua porque te halagan porque tú eres conocido afuera sin saber claramente qué haces. Yo sé que hay sectores en Chile fieles que me recuerdan por mi trabajo en la Revista Ercilla, pero, sin embargo, otros no saben nada. Hace algunos años vino el Presidente Lagos a premiar a seis catalanes ilustres conectados por algún motivo con Chile, entre los que estaba Serrat y aparte de estos seis catalanes estaba yo y nos dieron una condecoración, pero ¿tú crees que alguien se enteró de esto? La verdad es que para mí las medallas no tienen ninguna importancia. Siento que hay un reconocimiento por un lado y por el otro una despreocupación. Lo que importa, de pronto, es quien ganó en tal o cual deporte, pero no hay una preocupación constante de qué se hace.

Su trabajo como ilustrador

Ahora hablando de tu trabajo, llevas muchos años publicando tus dramagramas en La Vanguardia, ¿cómo es el proceso de creación de ellos?
Tengo una técnica hace muchos años que es ir al diccionario, buscar algunas palabras al azar y con ellas crear una historia. Normalmente lo que yo hago es que cuando ya tengo una idea estructurada se la paso a algún hijo o a alguien para que me dé su opinión y a veces eso me hace reestructurar la historia o cambiar algún detalle. Obviamente la constancia es un factor clave, ya que al ponerme frente a una palabra difícil podría dejarla de lado, sin embargo, me digo “no me levanto hasta que saque esto”.

Y qué opinas de que algunos digan que tu humor es inteligente y otros que no entienden nada?
Sabes que hay personas que me han dicho que cuando ven mis dibujos no entienden nada, pero que no pueden dejar de verlos, eso para mí es un gran halago. Me reconforta saber que hay una gran cantidad de fieles que me siguen. Sin ir más lejos, el otro día una señora aquí en Sitges me dijo lo mucho que me admiraba y que me seguía. Me gusta saber que incluso hasta la gente que no me entiende algo le producen mis dibujos.

¿Te has planteado cuánto tiempo más te gustaría trabajar?
Creo que voy a tener que hacerlo hasta los 115 años porque tengo muchas cosas qué decir todavía (risas). En cuanto a los dramagramas no puedo decir nada, ya que son mi fuente de ingresos. Una de las grandes suertes que he tenido ha sido esto de haberme subido al carro de la modernidad y trabajar con el lápiz óptico del computador, que al mismo tiempo puede ser lamentable porque significa ir abandonando el papel y el lápiz. Pero con el computador quiero seguir trabajando con el dibujo animado, siento que tengo que acelerarme en mi trabajo con mucha urgencia y hacer cosas nuevas. Es apasionante y gratificante que cada día vaya saliendo algo y hayan pequeños descubrimientos, por lo tanto, ¿cuánto tiempo más? Yo procuraré seguir en forma por mucho tiempo más.

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